El pasado lunes 6 de octubre vimos una vez más cómo la policía paraba y pedía papeles a muchos de los vecinos del barrio. No a todos, a mí por ejemplo nunca me los han pedido, sino a aquellos que por el aspecto parecían proceder de un país extranjero, fundamentalmente del sur, porque ninguno tenía tampoco pinta de sueco. Algunos de ellos son elegidos, en torno a veinte, y colocados en fila en una de las paredes de la plaza de Lavapiés, custodiados por un fuerte dispositivo policial, a la espera del furgón que se los llevará yo no sé bien con qué destino.

Y no es la primera vez que presenciamos esta imagen. Yo me he topado con ella todos los meses. E imagino que en otros barrios debe ser también una imagen corriente. Normalmente la hemos contemplado con una mezcla de impotencia y vergüenza. Yo siempre he pensado que llegará el día en que miraremos atrás y nos avergonzaremos de haber mirado hacia otro lado durante tanto tiempo, de haber pasado impasibles frente al trato vejatorio recibido por personas que nos cruzamos cada día al ir a comprar el pan. Igual que en los documentales sobre la Alemania nazi escuchamos los testimonios de decentes ciudadanos que no quisieron ver lo que pasaba a su alrededor.

En esta ocasión nos congregamos frente a la escena más gente de lo habitual, casi dos centenares. Observábamos e increpábamos a la policía por un comportamiento racista que nos parecía intolerable. Por seguir las órdenes de una política y una legislación racista, xenófoba y clasista. Algunos policías se justificaban diciendo que cumplían órdenes, y es posible que algunos policías también sientan vergüenza por lo que están ejecutando, como han declarado recientemente. Gritábamos: “No son delincuentes, son nuestros vecino”,  “Ningún vecino, desparecido” o “Lo llaman democracia y no lo es”.

Al cabo de una hora llegó el furgón en el que se los iba a llevar. Hubo un leve intento de ocupar la calzada para impedirlo, algunos empujones y finalmente el furgón que se va con nuestros vecinos. Y lo que queda es la sensación de impotencia y vergüenza. La sensación de vivir en una dictadura donde la vida la gente en realidad vale muy poco.

El lunes 13 de octubre a las 19h nos concentraremos en la plaza de Lavapiés para protestar contra la ignominia.

Hay un vídeo en Youtube  que puede valer para ilustrar mi comentario (actualización):

Más información en:

- Otromadrid

- La Haine

- Crónica de una vecina en Indymedia

Y no es que lo diga yo, lo dice el Sindicato Unificado de Policía en un comunicado reciente y lo recoge el diario El País en una breve nota.

Y continúan en ese mismo comunicado: “Rechazamos la política de persecución del inmigrante ilegal por inhumana, antidemocrática y contraria al respeto que merece cualquier ser humano. Los policías no somos máquinas, tenemos sentimientos, y es muy doloroso cumplir órdenes de identificación selectiva sobre inmigrantes por sus rasgos faciales, y detener a una madre que viene de trabajar ilegalmente limpiando para mantener a sus hijos. Una madre que es deportada en un acto inhumano. Rechazamos la política de justificación estadística consistente en identificar a ciudadanos extranjeros para detectar a inmigrantes ilegales, por ser una burda trampa, emitir una falsa imagen de eficacia policial, y ser contraria a los valores y principios de nuestra Constitución.”

Nada más que añadir.